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Ayer fue el primer día que me quedé sola en casa. Y no fue un rato, fue la tarde, la noche y la mañana de hoy porque Javison tenía noche de machos y se tenía que ir a tomar cervezas, cenar comida muy rica en grasas, eructar, decir tacos y ver un streaptease integral como epitafio a la soltería de un colega. Y… Uuuuuuh! Me volví loca! Puse la música a todo volumen, canté, bailé desnuda encima de la barra, ingerí grandes dosis de alcohol, fumé, me drogué, me zumbé al portero, al fontanero y al electricista (a la vez), decoré mi casa con la cabeza de la vecina verdulera en una estaca, y aún me dio tiempo de hacer arroz con leche para guardar las apariencias hoy delante de mi novio, como buena su-mujer-su-esposa que soy. Y es que quedarse sólo en casa ahora ya no es como cuando eres niño, que aunque no te apeteciera nada más que ver la tele espanzurrado en el suelo como un gato, hacías cosas que no les gustarían a tus padres, o que están prohibidas sólo por el hecho de que puedes hacerlas y es emocionante, si no las hacía, luego sentía remordimientos por haber perdido ese precioso tiempo. Así que ayer ocupé mi tiempo en comprobar que mi ordenador necesita RAM, un nuevo disco duro, darme cuenta de que por mucho que limpie me doy la vuelta y sigue estando sucio, matar bichos que me quieren atacar y comer viva (tarea que, por cierto, realizan a la perfección hasta ahora), jugar a la wii hasta que se me rompió el juego cuando pasé de nivel con esfuerzo y sin guardar, depilarme el sudoku, hablar con mi madre, hablar con Humphrey Bogart, hablar sola, hablarle a la tortilla de patata que me cené, ver Bones y leer Watchmen. Apasionante. Creo que puedo escribir un libro con ese contenido…
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